Editorial

Una parte considerable de la generación más rica en la historia del planeta se está jubilando en tierras mexicanas. Desde las playas de la Riviera Maya hasta Baja California, pasando por Huatulco y la Riviera Nayarit, hasta las quintas de San Miguel de Allende y Ajijí, los más afortunados entre los baby boomers americanos y canadienses están buscando su lugar bajo el sol.

Más allá de las obvias preguntas en torno a lo que tanto estado como iniciativa privada tendrán que hacer a nivel infraestructura, incluyendo certeza legal, carreteras y una oferta de clase mundial en arquitectura y desarrollo, es inevitable preguntarnos también qué tan preparados estamos desde la perspectiva de los intangibles.

¿Tendrán nuestros desarrolladores, nuestras autoridades, nuestros arquitectos, interioristas y proveedores, la sensibilidad para entender que no estamos ante una simple demanda de metros cuadrados? ¿Entender que los baby boomers podrían garantizar el desarrollo inmobiliario sustentable del país pero con ciertas condiciones? A condición, por ejemplo, de entender que no son ni las hordas salvajes de spring breakers, ni los primitivos consumidores de VTPs, turismo de volumen y precio que ya ha comprometido gravemente el capital simbólico de destinos como Cancún.


Trátese de jubilación o segunda casa, se trata de apelar a gente refinada que ha viajado, que conoce nuestra cultura y, ante todo, conoce las necesidades que quiere gratificar tras años de trabajo.


Provenientes de sociedades más igualitarias, aun cuando muchos contarán con elevados presupuestos, seguramente no estarán buscando las ostentosas, más bien primitivas manifestaciones de lujo de nuestra vertical sociedad. ¿El trophy home? Tal vez, pero siempre más allá de lo meramente aspiracional. La elegancia y el prestigio se toman por contado para dar paso a exigencias más sutiles que incluirán, como mínimo, un diseño al día, contacto con la cultura local y mundial,  cuidado de sí,  autoexpresión e, inevitablemente,  conciencia ecológica.
No es con promesas de refinamiento comparativo que se seduce a estos clientes, sino con refinamiento real; no con discursos ecológicos, sino con prácticas verdes, no, en fin, con aseveraciones de exclusividad, sino con servicio auténticamente personalizado.


¿Las malas noticias? Son escasos las empresas o los gobiernos locales en condiciones de garantizar algo más que metros cuadrados o lujo banal. ¿Las buenas? Un puñado de arquitectos y diseñadores ya muestran la ruta, ya han hecho la tarea y disponen no sólo de capacidades tangibles, sino de narrativas de marca a la altura de la nueva demanda. 

Véanse a manera de ilustración las historias que difunden los clientes de las siguientes marcas: La experiencia abierta de todo aquel que visita Moda In Casa, la obsesión estética por el detalle de Uribe y Krayer,  la práctica sustentable de todos los desarrollos de Tierra Café,  la exploración infatigable del diseño industrial de Esrawe y  el legendario “método” de Ezequiel Farca. 

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