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Editorial
Érase una vez la empresa mediática más querida del mundo. Una empresa que, décadas antes de que alguien hablara siquiera de branding , y con personajes y producciones que hundían sus raíces en la más remota infancia de las audiencias mundiales, gozaba de la más profunda confianza, ese atributo decisivo sin el cual ninguna marca vale gran cosa.
Como es natural, sus ejecutivos se tomaban muy en serio la obligación de defender ese patrimonio. Con tremenda intuición y anticipación hicieron casi todo lo que los expertos de hoy recomiendan: estrictos manuales de imagen, no sólo para el logo, sino para cada personaje, cada pupila, cada mano enguantada de cuatro dedos y una veneración irrestricta por el fundador que llegó a tener más control sobre la empresa, después de muerto: “¿Aprobaría esto Walt?”; santuarios para la marca donde, además de los ingresos más que marginales, Disney vivía en su propio ambiente y bajo sus propias reglas, en medio de los palacios de ensueño de sus aventuras, botargas, juegos y censura – nada de alcohol y epicureísmos, no fue sino hasta Eurodisney que los adultos se rebelaron ante lo que juzgaban la paidocracia excesiva de la franquicia.
La rebelión de Eurodisney , que recuperó una cifra aceptable de visitantes una vez que se revisó la política que impedía vender vino y cerveza en el parque, fue sólo una de tantas señales de que Disney necesitaría una rejuvenecida.
La gestión había defendido tan impecablemente la historia Disney que se había olvidado de un factor crucial: una historia exitosa se nutre de su pasado, sí, pero seduce por su futuro, por el “¿qué viene ahora?”. El problema era que en comparación con los nuevos actores, notablemente Pixar , las “nuevas” producciones de Disney parecían viejas aún antes de su lanzamiento, la empresa se encaminaba peligrosamente a convertirse en una reliquia del siglo XX, una reliquia muy querida, pero reliquia al fin.
Afortunadamente los accionistas se dieron cuenta, actuaron con celeridad y el otrora legendario CEO, Michael Eisner , fue removido de su cargo acusado de no saber comprender el nuevo contexto tecnocultural. Su sucesor, Robert Iger no lleva aún dos años en el puesto pero ha dado pruebas claras y ágiles de que no cometerá el mismo error. Bajo su decidido liderazgo, Disney y sus subsidiarias ya no están en el cuestionable negocio de congelar su patrimonio simbólico, están, por el contrario, en el de escribir un nuevo capítulo. A la luz de lo que ha hecho Iger, ese nuevo capítulo se llama “transmediatización”.
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